17-06-2012 Inciviles e insolidarios en el país de los ruidos

La situación es grave en toda la comunidad, las ciudades se encuentran divididas entre vecinos y festeros, las autoridades solo miran hacia un lado, los vecinos dicen que la policía pasa de todo, y que el derecho a descansar debe imponerlo la ley, pero serán los vecinos quienes tengan que imponer que se aplique la ley, si somos los vecinos quienes …tenemos de organizarnos para espantar a una serie de jóvenes sin principios de convivencia, para que queremos pagar sueldos a alcaldes y policía, señores políticos si buscan esto ya pronto lo van a tener. Parece mentira que la Sra. Rita Barbera se preocupe tanto por los Turistas del Hotel de las arenas, para llegar a prohibir una de las fiestas más populares de esta ciudad, sépanse quienes son los ciudadanos de primera y de segunda clase…
A los vecinos nos gusta la fiesta y la queremos, pero con una hermandad de convivencia y respeto, como siempre fue y nadie dijo nada, una semana fallera una verbena de San Juan unas fiestas patronales, pero no un años de fiestas al intemperie utilizando espacios comunes dejándolos en verdadero aspecto de vandalismo.
Ni que decir tiene el famoso botellón semanal que algunos barrios soportan, la persona que necesita el alcohol para poder ser el mismo, tiene un problema que posiblemente sea hereditario de la falta de libertad y de expresión a la que los padres nos han sometido tanto tiempo o una rabia en su persona que necesita evadir, por tanto no se puede coartar la libertad de nadie hacer de él lo que quiera y debe respetar su opción. Pero existen espacios libre, donde no se molesta a nadie y todos cabemos…

 

LEVANTE EMV . COM     Joaquín Rábago

Tiene uno la desgracia de vivir a sólo una manzana de distancia de una conocida discoteca y debe soportar los fines de semana no sólo los gritos y cantos desafinados de sus frecuentadores cuando abandonan el local, ya de madrugada, sino también el estrépito que hacen al derribar caprichosamente, uno tras otro, los cubos de basura que encuentran a su paso.
Por la mañana pasan a hora temprana los camiones de la limpieza y los trabajadores, en su mayoría mujeres, recogen con paciencia botellas, vasos, latas de cerveza y envases de todo tipo, y uno no puede evitar un sentimiento de agradecimiento por la diligencia con que ejecutan su oscura labor, combinado con otro de profunda repulsa por el vandalismo de los primeros.
¡Ensucia, destroza, que no es tuyo! Ésa parece ser la consigna entre muchos jóvenes, y no tan jóvenes, que parecen no tienen mejor forma de desfogarse que destrozando lo que es de todos.
¿Cómo explicar de otro modo el lamentable estado en el que quedan los fines de semana las plazas y calles de nuestras ciudades por culpa del dichoso «botellón»?
Muchos lugares semejan paisajes después de la batalla sin que a los causantes de la destrucción de tanto mobiliario urbano parezca importarles el hecho de que su reparación es algo que habrá que pagar entre todos.
Casi diariamente nos desayunamos con noticias sobre pintadas que afean edificios públicos o monumentos. Vagones de tren, estaciones ferroviarias, puentes y calzadas, todo parece ser bueno para las deyecciones de unos vándalos que parecen sufrir una especie de horror vacui y que para colmo demuestran una espantosa falta de originalidad.
Unas pintadas invitan a otras, la suciedad invita inevitablemente a más basura. Todo termina degradándose y los barrios donde todo eso ocurre se vuelven inhóspitos y más vulnerables a la pequeña delincuencia.
Ese desprecio por lo que es de todos no se limita al entorno urbano sino que desgraciadamente se extiende también a la campiña. No es raro encontrarse parajes de gran belleza natural emporcados por los restos que han dejado allí familias o grupos de amigos tras algún picnic -botellas de plástico, pañuelos de papel, latas vacías, colillas o pañales-, sin que parezca importarles el que vendrá después o la violación de la naturaleza que ello supone.
Pero sobre todo es la nuestra una (in)cultura del ruido, que no respeta siquiera las horas que deberían ser de descanso para quienes trabajan, y esto es algo que resulta incomprensible para cualquiera que haya vivido algunos años en otros países europeos.
El vocerío a horas intempestivas a la salida de los lugares de ocio ha motivado el que algunos vecinos desesperados hayan colgado de sus balcones sábanas con frases como «Basta ya de ruidos», «Dejadnos dormir». Todo ello sin que aquéllos a quienes correspondería actuar se decidan a tomar cartas en el asunto.

 

 

 

Sobre l'autor